Hijos de Cain
Hace años, cuando salté de la novela detectivesca de mi adolescencia a la novela negra americana, clasificaba mentalmente los autores de novela negra entre, por un lado, los hijos de Hammett y Chandler y, por el otro, los hijos de Cain, de James M. Cain. Los primeros tienen un caballero andante. Sui géneris, si se quiere: bebedores, violentos, desarraigados; alguno, hasta putero, pero son los héroes; los únicos posibles. Los hijos de Cain son lo mismo sin el héroe.
Ibáñez es hijo de Cain y en sus novelas no hay putas de buen corazón, proxenetas sensibles, ni delincuentes en busca de redención aunque, a veces, resulte tentador para el lector imaginarse lo que el autor no ha escrito. Lo que tampoco se va a encontrar son Cadillacs, gimlets, ni sheriff con sombrero. El paisaje de Ibáñez es una comarcal que va, por ejemplo, de Talavera a Gamonal, donde se encuentra el Oasis; al fondo, tomando el desvío en dirección al polígono está el Eros; pasada la gasolinera Repsol hay un bar donde se organizan timbas para desplumar primos los jueves por la noche. Allí suele estar el Renault del dueño aparcado y la subasta de camareras tiene lugar los lunes en la trastienda del Tatoo. El aparcamiento está detrás del edificio para que no se vea desde la carretera y llevamos un mes con temperaturas de 40 grados a la sombra y sin saber lo que es una nube. 200 páginas de paisajes sin ningún encanto; una guía de turismo para perdedores sin vocación junto a la que pasan a diario miles de automóviles.
Leo en el último libro de José Luis Garci (Noir, Notorius 2013) la mejor definición de novela negra que he encontrado hasta la fecha: la buena novela negra nos dice dónde estamos. No dónde está el autor; eso no le interesa a nadie aunque no escaseen los escritores que están convencidos de lo contrario. La novela negra trata de dónde estamos y por eso tiene por fuerza que haber más abundancia y calidad en aquellos lugares que van a algún sitio. Por eso Julián Ibáñez es una rareza, una excepción, un escritor que no debería estar ahí, aunque por ese misterio de la literatura que la hace tan impredecible esté aquí, con nosotros, y tengamos oportunidad de leer a un escritor español de talla internacional.
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Ficha técnica: Entre trago y trago (Alrevés, 2009), de Julián Ibáñez. Tapa blanda con solapas.178 páginas. Calificación: 5 Cadáveres (Excepcional)