El hombre inquieto (Tusquets, 2009), de Henning Mankell

Publicado en 4 fiambres, Escritores europeos, Escritores nórdicos, Hombres que cuentan crímenes, Novela negra con etiquetas , , , el 27 Enero 2010 por uncadaverenmiblog

Qué tiempos aquellos en los que resultaba novedoso la aparición de un autor de novela negra sueco. Hoy, casi veinte años después de la publicación de la primera novela de Wallander que nos mostró a los aficionados la Suecia moderna, la serie llega a su fin y el final viene acompañado por los recuerdos y la nostalgia que produce el haber cumplido años junto al personaje. Y es inevitable sentir melancolía porque los que vengan serán mejores o peores, pero ya ninguno de ellos será como Kurt Wallander.

Cierto es que el que nos deja es Wallander y no Henning Mankell (Estocolmo, 1948), pero el personaje y su mundo en la pequeña Ystad, en el sur de Suecia, han estado siempre muy por encima de las tramas que Mankell nos proponía. Más aún cuando –como ocurre con El hombre inquieto- nos presenta una forzada conspiración internacional en la que, un tanto a destiempo, trata de ajustar cuentas con la Guerra Fría y su –al parecer- poco satisfactorio final.

Le ha pasado a Le Carré y le pasa a Mankell: con el tiempo la desorientación y las pretensiones de los viejos novelistas progres van a más; es decir, a peor. Si en Antes de que hiele (Tusquets, 2002), Mankell equiparaba el terrorismo islamista con  sectas cristianas, en El hombre inquieto equipara moralmente las democracias occidentales con los países que se encontraban tras el telón de acero; la OTAN con el Pacto de Varsovia; EE.UU. con la extinta URSS. Y aunque ésto no lo vayamos a echar de menos (por lo menos algunos de sus incondicionales), tampoco nos consuela, porque vamos a extrañar todo lo demás.

Porque El hombre inquieto no sólo es el final de Wallander sino el fin de una época, el final de una generación. Y Mankell se muestra cruel con ellos. Tantos años temiendo el futuro y resulta que el futuro ya está aquí y es tan triste como parecía que iba a ser, solo que un poco peor. Soledad, alcoholismo, enfermedad, muerte, sinsentido… Mankell se ceba con Wallander, al que hace padecer alzhéimer, pero no le va mucho mejor al resto de los personajes de su quinta. Y no se puede acusar a Mankell de no ser coherente: socialdemócrata, ateo y materialista hasta el final y sin fisuras ni dudas, Mankell hace ser a Wallander como es él mismo, pero es consecuente y no le va a ahorrar ni un gramo de amargura, ni uno solo de sus temores ni el cabreo sordo de los agnósticos convencidos con ellos mismos y lo que les rodea; y no va a disimular el nada apacible lugar al que le llevan sus creencias. Tal vez ese sea uno de los grandes méritos de Mankell.

Éste vídeo es un tributo al policía de Ystad basado en imágenes de la miniserie Wallander, producida por la BBC y protagonizada por Kenneth Branagh.

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Ficha técnica:
El hombre inquieto (Tusquets, 2009), de Henning Mankell.
Título original: Den Orolige Mannen (2009)
Calificación: 4 Cadáveres (muy buena).

Muerte de una heroína roja (Almuzara, 2006), de Qiu Xiaolong

Publicado en 4 fiambres, Escritores del resto del mundo, Hombres que cuentan crímenes, Novela negra con etiquetas , , , el 31 Diciembre 2009 por uncadaverenmiblog

La matanza de Tiananmen sorprendió a Qiu Xiaolong (Shanghai, 1953) en EE.UU., donde se encontraba estudiando literatura inglesa, y donde se estableció definitivamente por ser conocidas sus simpatías con el movimiento democrático chino. Antes, a los 16 años, una bronquitis le había librado de acompañar a sus padres –represaliados de la Revolución Cultural Proletaria- a un campo de reeducación, y le permitió permanecer en Shanghai donde, según cuentan sus biografías, aprendió inglés estudiando en un parque solo. Hoy, Qiu Xiaolong se define en su web como novelista y poeta. Y al igual que ocurre con la escritora china Diane Wei Lang, sus lectores tenemos el privilegio de intentar comprender algo de este inabarcable gigante asiático a través de las novelas de un chino que en mayor o menor medida conoce Occidente y sus valores.

Estamos en Shanghai a comienzos de los 90. Han pasado quince años desde la detención de la Banda de los Cuatro y, de acuerdo con Qiu Xiaolong, las consignas de Mao son como los descoloridos carteles de las tapias que siguen anunciando las fiestas de Nochevieja meses después del fin de año. De la pesadilla de la Revolución Cultural han pasado a un Estado donde se tolera alguna libertad y algo de mercado aunque sin Estado de Derecho y siempre supeditado al interés político; como la moral, como la Justicia. Un Estado sin ciudadanos donde todo está sometido al arbitrio de la política (¿no es en definitiva esto lo que tantos reclaman para nuestros occidentales países?).

Así que Muerte de una heroína roja es una novela política y no puede no serlo pues la investigación del asesinato de una Trabajadora Modelo de rango Nacional avanzará o no dependiendo de los intereses políticos de los cuadros superiores. Y frente al tradicional detective occidental, un tanto marginal y que sigue sus propias reglas hasta el final, Chen Chao, el detective poeta creado por Qiu Xialong, no puede menos que ser un superviviente con altas dosis de político si lo que quiere es resolver el caso, que los culpables sean condenados y evitar acabar con una bala en la nuca.

Hoy está de moda decir que China se está transformando en un país materialista, como si las hambrunas, la miseria extrema del socialismo, los campos de reeducación, la persecución religiosa que aún padecen, la bala en la nuca y las citas de Mao tuviesen algún valor espiritual que mereciese ser conservado. Guan Hong Ying, la anacrónica heroína roja asesinada, no es sólo un cartel pegado a una valla, viejo y maltratado por el tiempo, es también el símbolo del fracaso de este formidable experimento de ingeniería social importado de Occidente que se suponía que debía transformar la naturaleza humana. Víctima por partida doble y símbolo también de una estafa pues, como no podía ser de otra forma, tras la fachada de esta mujer modelo latían los mismos anhelos, esperanzas y frustraciones que los poetas milenarios de cualquier pretérita dinastía china llevaban siglos describiendo en sus versos.

Qiu volvió a Shanghai. Sus libros, aunque censurados, se han publicado en China. Hay una foto suya en su web tomada desde el “Hotel de la Paz”; al fondo, el Bund, la zona del malecón a la que se dirigía el Inspector Jefe Chen Chao cuando necesitaba reflexionar, mezcla de viejos edificios coloniales levantados por empresas occidentales en los siglos XIX y XX y modernas torres de hormigón y cristal. ¿En qué va a acabar todo esto? De acuerdo con lo que nos muestra Qiu Xialong, no cabe mucho espacio para la esperanza pero, por otro lado, ¿es posible que lo que llegue sea peor que la pesadilla que han dejado atrás?

Mientras, en el Bund, turistas chinos se retratan.

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Ficha técnica:
Muerte de una heroína roja (Almuzara, 2006), de Qiu Xiaolong.
Título original: Death of a Red Heroine (2000)
Calificación: 4 Cadáveres (muy buena).

Un baile en el matadero (Factoría de Ideas, 2007), de Lawrence Block

Publicado en 5 fiambres, Escritores de EE.UU., Hombres que cuentan crímenes, Novela negra con etiquetas , , , el 15 Diciembre 2009 por uncadaverenmiblog

La vida privada de Philip Marlowe

La soledad, el exceso de alcohol y el absoluto escepticismo son una autopista que lleva a la depresión y al alcoholismo. Todo esto estaba en la novela negra mucho antes que Lawrence Block (Buffalo, NY, 1938) y ha permanecido allí después, pero no conozco a ningún autor que se haya tomado tan en serio lo que otros apuntaron; que haya sumado dos y dos y haya concluido en qué acaba la vida privada de los Marlowe, Spade, Rebus, Bosch o Kenzie cuando nadie mira, cuando cerramos los libros y pueden ser ellos mismos.

Habíamos dejado a Matt Scudder en la última página de Ocho millones de maneras de morir reconociendo entre lágrimas su alcoholismo en una sesión de Alcohólicos Anónimos, en cualquier iglesia de Nueva York.  Diez años después,  Scudder es un sobrio y solitario alcohólico que sobrevive pateando las calles de Manhattan, quedando con viejos amigos, asistiendo a combates de boxeo y bebiendo litros de café en reuniones de AA en las que permanece en silencio mientras escucha hablar a otros alcohólicos. Tiene también una novia prostituta con la que queda siempre que los clientes no la mantienen ocupada. Estamos a principios de los 90 y ahora, en las calles de Nueva York hay además SIDA, videoclubs y cintas de vídeo caseras. Un día, un colega de AA le pasa una cinta de Doce del patíbulo (EE. UU., 1967) que ha alquilado y que contiene dentro algo más que Lee Marvin y Charles Bronson .

Es entonces cuando el alcohólico anónimo se transforma de nuevo en héroe anónimo, en justiciero de las víctimas perdidas, las que nadie reclama, aquellas cuyo verdadero nombre nadie conoce. Lo hace con convicción pero sin justificación porque, como insiste hasta la saciedad Lawrence Block, cuando Matt Scudder piensa “los quiero muertos” no tiene detrás ninguna explicación que dar pues este hombre no cree en nada. Todo muy contemporáneo: no hay en los tiempos que corren ni en este género algo más políticamente correcto que carecer de razones que respalden una moral; cualquier moral. Pero Block lleva el escepticismo y el vacío argumental al extremo. A falta de argumentos que esgrimir todo sale del estómago vacío de alcohol de Matt Scudder, incluidos sus minuciosos planes de venganza. Todo es visceral, porque sí, porque tiene que hacerlo, porque es un cabezón testarudo con obligaciones morales aunque no quiera ni sepa justificarlas y de lo único que está seguro es de que es alcohólico y que, lo que sea que haya que hacer tiene que hacerlo él mismo.

El resultado tiene que ser amargo, aunque no lo es del todo. Lejos de la distante y autocomplaciente superioridad moral progre con la que otros autores presentan el escepticismo de sus protagonistas, Matt Scudder es un hombre confundido que afirma no saber ni por qué lleva diez años manteniéndose sobrio, no sabe por qué va a misa ni por qué comulga pues, por no ser, ni siquiera es católico. No sabe -o dice no saber-  siquiera si es mejor que aquellos animales que persigue. Pero si no fuera por este alcohólico anónimo nadie en la Gran Manzana haría justicia con las víctimas anónimas de la ciudad de Nueva York.

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Ficha técnica:
Un baile en el matadero (Factoría de Ideas, 2007), de Lawrence Block.
Título original: A Dance in the Slaughterhouse (1991)
Calificación: Más clásicos de Lawrence Block. 5 Cadáveres (excepcional).

Colgando de un hilo (Punto de lectura, 2007), de Laura Lippman

Publicado en 4 fiambres, Escritores de EE.UU., Mujeres que cuentan crímenes, Novela negra con etiquetas , , , el 28 Noviembre 2009 por uncadaverenmiblog

colgando de un hiloLlegó de Jerusalén un lunes y ya estábamos a jueves. A la hora de la comida, tocado con su kipá y llevando consigo los paquetes de comida kosher envasada que se había traído de Israel, mi colega se retiraba a una sala de reuniones para almorzar solo. Cabe suponer que, tras las largas jornadas laborales que sufrimos aquellos días, nuestro colega cogía un taxi, entraba en la habitación de su hotel y cenaba su comida envasada mientras esperaba la hora de llamar a casa para hablar con su familia. Puede que a los ojos de un judío sea goy (gentil), pero me han enseñado que la comida es sagrada y que sea para trabajar o para realizar cualquier otra actividad, hay que comer como Dios manda. Así que acudí a Google.

Entre la Plaza del Pintor Sorolla (Iglesia) y la Glorieta de Quevedo, en pleno barrio de Chamberí, se concentra la pequeña comunidad judía de Madrid. Hay una sinagoga, una carnicería y un restaurante kosher, La Escudilla que, de los restaurantes de ese tipo que encontré en Google, me pareció la opción más acertada para invitar a cenar a mi colega. Allí nos pimplamos dos botellas de vino kosher (entre los dos), tratamos de hablar de cosas que no tuvieran que ver con el trabajo y se echó unas parrafadas en hebreo con la camarera. En una de esas la camarera se dirigió a mí en un español con un saleroso acento andaluz: estos judíos de Jerusalén son muy raritos. Judíos hablando de judíos, como en Colgando de un hilo.

laura lippman

Un destacado miembro de la comunidad judía ortodoxa de Baltimore acude al despacho de la detective judeo-irlandesa Tess Monaghan para pedirle que encuentre a su mujer e hijos, desaparecidos. Él no lo sabe, pero su familia ha iniciado un extraño viaje a ninguna parte por carreteras de segunda y poblaciones sin ningún encanto y él acaba de iniciar otro viaje paralelo que acabará cuando descubra lo que ya sabía pero no quería saber. Porque tal vez la verdad nos haga libres, pero también puede hacernos muy infelices.

Judíos son por tanto los personajes, el ambiente y cabe suponer que también la autora pues Lippman figura en las bases de datos de Internet como uno de los apellidos tradicionales de la rama asquenazí. No deja de tener su interés como lo tiene el que nos hablen de la historia cotidiana de la comunidad judía de Baltimore pues, conocer lugares remotos y comunidades de personas ajenas al lector, ha sido desde siempre uno de los atractvos de la literatura. Pero ese no deja de ser el decorado pues la novela trata de engaños, mentiras, equivocaciones, estupidez y vanas esperanzas; de por qué en ocasiones nos empeñamos en querer a las personas que no nos pueden querer mientras rechazamos a los que nos quieren por cuestiones que, en realidad, no son importantes. Y eso no puede ser más universal.

Por la misma regla de tres, como le ocurría a mi colega llegado de Jerusalén, en la soledad de la habitación de hotel de un país extranjero tras una pesada jornada laboral todos, judíos o goim tenemos algo en común: sólo somos solitarios cansados pensando en lo que estará pasando lejos de ahí.

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Ficha técnica:
Colgando de un hilo (Punto de Lectura, 2007), de Laura Lippman.
Título original: By Spider's thread (2004)
Calificación: 4 Cadáveres (muy buena).