Alguien me comentó en una ocasión que el premio literario más saludable es aquel que el jurado se da sí mismo y a los lectores por haber tenido la oportunidad de leer un buen libro. Una celebración del acto de leer, un reconocimiento al hecho de que nos gusta que nos cuenten buenas historias, que nos gusta el plato que nos preparan los escritores y las editoriales, que nos sirven las librerías y que consumimos en los sofás de nuestras casas, en la cama antes de caer rendidos, en los vagones del metro, en el autobús o en las largas esperas de las consultas de los médicos.
Y como todo aquello que nos hace disfrutar también nos gusta compartirlo. Más aún cuando, en literatura, conviene desconfiar de los suplementos literarios de los periódicos, de los premios instituidos, normalmente infectados de corrección política cuando no de intereses editoriales. En literatura lo más fiable es el boca a boca y su versión más moderna: los blogs.
Esa fue la principal razón que me hizo ponerme a escribir el blog:
simplemente me apetecía escribir sobre algunos libros que leía; me hacía disfrutar más y me daba la oportunidad de contar a un lector desconocido qué libros me habían gustado más y por qué.
Hace un año que empecé con el blog y lo que procede es hacer balance de lo que de novela negra he leído y premiar las mejores historias. Es decir, premiarme a mí mismo por haberlas leído. Ni que decir tiene que estos “premios” carecen de cualquier rigor y objetividad. Porque forzosamente sólo he leído una pequeñísima muestra de lo publicado (hace dos semanas me pasé por el puesto de novedades de novela policiaca de El Corte Inglés y no conocía ni a un 20% de los autores) y porque la literatura es por naturaleza subjetiva, estos premios son radicalmente injustos. Pero me lo perdono a mí mismo porque, como el blog, no tienen ninguna pretensión.
Aparte de las novelas que he reseñado, este año he leído por primera vez a Benjamin Black (El lémur, Alfaguara 2009), formalmente bueno, bien escrito, breve, y también distante, frío. Me ha dejado indiferente.
Me dejó muy buen sabor de boca la inédita (en español) primera novela de Dennis Lehane (Un trago antes de la guerra, RBA 2009) editada recientemente por RBA y que me ha hecho lamentar el que su autor hace tiempo que interrumpiese la serie de los detectives Patrick Kenzie y Angela Gennaro.
También RBA reeditó el clásico de Jim Thompson, El asesino dentro de mí (RBA, 2008), y me volvió a dejar esa mezcla de desagrado y asombro ante alguien que se ha puesto en la piel de un asesino, uno de los de verdad, cotidiano, vulgar, frío; me pregunto cómo lo habrá hecho.
Lo siento por la legión de seguidores del irlandés John Connolly, pero lo he vuelto a intentar, esta vez con su segunda novela, El poder de las tinieblas (Tusquets 2004), y no me han quedado muchas ganas de hacer la reseña. Es Connolly un autor al que se le notan los esfuerzos por crear monstruos más y más truculentos, retorcidos y macabros, pero por mucho que se palpe el mal en su estado más puro y por muy bien que lo describa, hace falta algo más para escribir una buena novela.
De los que he reseñado, destaco La tercera virgen, de Fred Vargas, porque soy de los que le tolero todo a la autora francesa por muy inverosímiles que resulten algunos pasajes de sus historias. Porque que me hace reír y por lo que disfruto con sus enigmas. Petirrojo (RBA, 2008), de Jo Nesbo, ha sido la mejor nórdica que he leído. La playa de los ahogados (Siruela, 2009), la excelente segunda novela de Domingo Villar, mejoraba la primera y me transmitía ganas de visitar las Rías Bajas. Disfruté con la energía de Pelecanos en El jardinero nocturno (Ediciones B, 2009) y naturalmente, agradezco a RBA que haya rescatado la descatalogada Siete millones de maneras de morir (RBA, 2008), de Lawrence Block.
Pero la fiambrera de oro le corresponde a la gran Laura Lippman, la reservada escritora de Baltimore, y a su novela Lo que los muertos saben (Ediciones B, 2009). La visión del lado de las víctimas,; una narración sobre lo difícil que resulta convivir con la esperanza, sobre lo complicado que es para la víctima eludir la culpa. Aunque no tenga ninguna: nosotros lo sabemos, ellas no siempre. Todo ello en Baltimore, la ciudad donde vivió y murió Edgar Allan Poe, el padre de todos los escritores de novela negra.
Y a vosotros ¿qué novela os ha gustado más de las que habéis leído este último año?




Hay pocos escritores que puedan infundir más respeto al aficionado que la nonagenaria 


